princesa de famas y de amores,
naufrago sobreviviente a guerras y desastres,
cálido manto que abriga al niño.
Ven a mí sinfónica y suprema,
aire de puntillas y de tules
Casi cristal puro tu cuerpo delicado,
como sagrado diapasón traslúcido.
Muéstrame tu rostro de mujer,
beldad de acústicas señales,
seréname en tus nocturnos ojos
túnel de la gloria a quien te ama.
Alma escarchada en sutil velo,
encofrada en el aspecto femenino,
aliento que extasía a tierra y aire
haciendo del espíritu morada.
Tu belleza sonora envidia el ave,
filarmónica mía adormecida
que te elevas en luz a mis instintos
aplacándolos por sendas de tu Edén.
Ven, que quiero sentirte mía,
lava mi cuerpo en tu rocío de alondras,
desconecté el interruptor de mi entorno
y tengo el alma presta a estar contigo.
Desentiérrame el oído sutil
ahora muerto perdidos tus compases,
ilumina mi oscuro desván de crisantemos
y aleja mis guirnaldas de llanto.
Desciéndeme tu juego de altibajos,
y concrétalos en cuerpo hermoso,
deseoso y sediento tengo el pecho
del enervante reposo de tu paz.
Adorméceme en tu vals de olvido,
en tus ondas de cordal y viento.
Oh, mi éter de pausas y acordes
bordado en pianos y violines.
Asciéndeme pausado entre tus glorias
que por ti me sacuda la raíz
que me abriga y ata a esta materia,
para hacerme inquilino de tu cúpula,
la nave acústica que ciertamente obliga
a la sutil ciencia del nirvana,
hazme luna llena en tu luz
y báñame en tu halo de pureza.
Desvísteme esta sorda agonía
de no disfrutarte en mis oídos,
desátame esta muerte de nostalgias
porque muero seco de tu aliento.
Pepe Martín